Somos lobas

Javier Elizondo

Llega la enfermera y pregunta por el familiar de mamá.

—Yo —digo y levanto la mano.

Mamá está en Tratamientos II, uno de los dos pabellones para mujeres. Ahí duerme, hace actividades recreativas, come, recibe psicoterapia. Así lo hacen veinte muchachas más.

Sigo a la enfermera a la oficina de enfermería. No hay nadie más. La enfermera no tiene rostro y, entonces, sin expresión, me dice que mamá necesita cigarros. Los cigarros se le terminaron ya y se puede volver agresiva contra las muchachas que sí tienen cigarros. Hay que comprarle una cajetilla de cigarros a mamá así que salgo a la tienda y compro una.

Llega la enfermera y pregunta por el familiar de mamá.

—Yo –digo y me levanto, camino hacia la enfermera y le entrego los cigarros.

—¿Quiere pasar a verla? —me pregunta.

—No, pero paso —contesto. Paso.

Mamá está tibia. Me pregunta si compré cigarros. Las paredes también están tibias. Son amarillas y tibias, como la pus o como el sol. Le pregunto a mamá qué prefiere, la pus o el sol, pero no contesta.

—Sí —le digo. Está llena de cicatrices. Detrás de ella hay una loba dormida.

—Somos lobas —me dice—, nos comemos los árboles para poder respirar.

Descanso mi cabeza sobre mis brazos cruzados y siento que su mano tibia acaricia mi mano fría. Afuera es septiembre y hace frío. (No recuerdo si el septiembre pasado hizo tanto frío.) Levanto uno de mis dedos y la dejo que me acaricie entre los dedos. Sus huesos están ahí; está viva y sus huesos están tibios. Levanto la cabeza y la miro; ella mira hacia otro lado. Detrás de mamá hay una muchacha sentada con las piernas cruzadas, las manos sobre la cabeza y los ojos cerrados. Una loba camina en círculos alrededor de ella.

—Somos lobas, mira —voltea hacia la muchacha—; con la sangre que sale de nuestros brazos hacemos espirales sobre el suelo.

Llega la enfermera y pregunta por el familiar de mamá.

—Yo —digo y me levanto de la mesa. La enfermera se acerca a mí y me toma del brazo para llevarme afuera.

—Mi mamá dice que es una loba. O que son lobas, dice.

—Todas se imaginan cosas —la enfermera siempre sonríe—. Hay una que dice que su papá es el presidente de no sé qué país y luego se pone a hablar en un idioma raro que se inventa. Varias le creen.

—¿Mi mamá le cree?

—No. Tu mamá y ella no se llevan. A lo mejor sí le cree, pero nunca dice nada.

—Somos lobas —digo mirando al frente—. Un amigo mío escribió un cuento llamado “Pinches lobas” hace mucho tiempo. ¿Tendrá algo que ver? Ella lo leyó —la enfermera me mira con expresión nerviosa.

—Los informes son el viernes. Ellos saben más de esas cosas.

Llegando a casa, le escribo a mi amigo para saber si todavía tiene su cuento y le hablo de mi mamá; le digo que dice que ahí todas son lobas. No recuerdo si en su cuento pasaba eso.

Mi amigo me contesta que no lo tiene porque perdió toda la información de su computadora hace mucho y que es una lástima porque a él le gustaba mucho ese cuento. Lo escribió cuando tenía 20 o 21 años.

La enfermera llega y pregunta por el familiar de mamá.

—Yo.

—Pinches lobas —le digo después de unos minutos en silencio. No se mueve. Está sentada sobre la cama pasando rápidamente las hojas de una revista vieja de nota rosa. La tristeza le ha desecho el rostro. Me levanto y la abrazo con torpeza, rígido. Ella apoya su cabeza sobre mi hombro. Huele a tierra. En la ventana, pegado con masquinteip, hay un rehilete de papel con la letra P pintada con plumón plateado. Es una de las cosas que hacen durante la hora de terapia. Hacen cajitas, latas para las plumas, marcos para fotos, cosas así. Todo lo que ella ha hecho tiene motivos mexicanos porque es septiembre, y todo tiene la letra P pintada con plumón plateado. La cajita, sobre su buró, tiene una P y una flor al lado.

Después del hospital voy a ver a mi amigo. Le pregunto si en su cuento alguien decía “somos lobas” o si trataba sobre personas que eran lobas. Me dice que no: era un largo poema en verso para una muchacha con la que andaba a la que le gustaba morder durante el sexo. Cuando lo dejó, o la dejó él a ella, escribió “Pinche loba” y se lo mandó por e-mail; nada tenía que ver con lo que le cuento. Después del café vamos caminando hasta mi casa, a treinta minutos, y él sigue hasta la suya. Al día siguiente compro un plumón plateado y en una de las paredes de mi cuarto, a un lado de la cama, escribo “somos lobas” en letras muy grandes.

En cada cuarto duermen dos mujeres. Pilar, la compañera de mamá, se fue hace unos días.

Dice mamá que necesita a Pilar. Le pregunto para qué. “Me lavaba los dientes. Me ponía las sandalias. Me hacía todo”, dice. Tenía una esclava.

—No era su esclava —me dice la enfermera, sonriendo— pero la quería mucho.

No sé si Pilar era la muchacha que la loba circulaba aquella vez. Le pregunto a mamá pero no me dice nada. Le pregunto a la enfermera si Pilar también se había cortado.

—Sí —me dice—. Estoy segura de que se fue para volver a cortarse. Muchas hacen eso.

Ese día salgo antes del hospital porque tengo que ir a recoger a Mariana al aeropuerto. “¿Quién es Mariana?”, me pregunta mamá. Mi esposa, Mariana es mi esposa.

Mariana llega por la puerta de vuelos internacionales. Está cansada. Me abraza largo y me dice “ya llegué” al oído. Le ayudo a cargar su maleta hasta el estacionamiento.

—¿Cómo está tu mamá? —me pregunta. Mariana es muy dulce. Va sentada con las manos entre las piernas, cambiando la estación de radio una y otra vez.

—Bien.

—¿Y las lobas?

—No sé. No le he preguntado —pienso en decirle que yo las he visto, pero no quiero preocuparla después de un vuelo tan largo. —La dan de alta en una semana.

“Somos lobas”, lee Mariana en la pared del cuarto y me voltea a ver con el ceño fruncido. Yo me acerco y la abrazo. Nos acostamos y me acaricia el cabello.

—¿Cómo estás? No sé qué contestar y comienzo a llorar.

—No llores. Ven —me dice y me abraza. Lloro solo unos segundos. Luego me levanto y saco de mi mochila una carta que le escribí. Tenía planeado pegarla a la puerta para que la viera al llegar, pero no encontré el masquinteip y no tenía tiempo de salir a comprar otra.

Mariana la abre. Le pido que la lea en voz alta.

—“Ventana. Ventana caliente. Ventana caliente con carros. Carros de ventana caliente. Carros de ventana caliente y luz. Luz caliente. Luz caliente de mañana reciente. Luz caliente de mañana resplandeciente. Luz caliente de mañana. Mañana, luz caliente. Mañana, luz caliente, sueño. Mañana, luz caliente, sueño y tripas. Tripas calientes con luz. Tripas calientes con luz de ventana. Tripas que roban luz. Tripas que roban luz de agujero. Luz de agujero. Luz amarilla de agujero. Pus amarilla de agujero. Pus amarilla de agujero blanco. Agujero blanco en un corredor. Agujero blanco en un corredor negro. Un corredor negro sobre el agujero blanco. Agujero blanco y casa. Casa en blanco. Casa en blanco y Mariana. Mariana y blanco. Mariana blanco de luz. Mariana luz de blanco. Mariana luz en blanco.”

Sonríe. Se levanta a guardar la carta en una caja azul en donde guarda todas mis cartas. Se acuesta y me pregunta cuándo puede ver a mamá.

—Mañana hay informes. Ahí la podemos ver un poquito. Ya no hay visitas.

En la madrugada suena el teléfono. Es la doctora. Mamá se suicidó en la noche.

Tiemblo y lloro. Camino por la casa temblando y llorando lo más quedo posible para no despertar a Mariana. Siento como si todas las palabras de mamá estuvieran entrando por las ventanas, así que cierro todas las ventanas. ¿Adónde se va el lenguaje de quien muere? Tengo mucho miedo de que entre por las ventanas de quien llora. Cojo un cepillo, lo mojo con cloro y voy al cuarto. Mariana está en el baño. Comienzo a tallar la pared. “Somos lobas”. Pero no se quita por completo. Mariana sale del baño y me pregunta quién era. La volteo a ver. Su cara está hinchada y sus ojos apenas abiertos.

—Estoy lleno de cloro —le digo—. Abre las ventanas, ¿sí?

Detrás de Mariana hay una loba dormida. ///